Sobre este espacio

Un grupo de personas que aparentemente no tenían nada en común coincidieron en la preparación para recibir la Confirmación que brindaron Marina y Ezequiel, nuestros catequistas. Sí, yo también fui a dar a ese grupo de completos extraños.
Del primer encuentro salí sintiendo que los conocía de toda la vida. Esa sensación, después comprendí, no puede ser otra cosa que el Espíritu Santo uniendo personas…
Mi proceso de Confirmación se sintió como uno de esos momentos “bisagra” en los que sentís muy claramente que tu vida cambia. Que cambia, y para siempre. Y, claramente, no fui la única del grupo que lo vivió así.

Después de confirmarnos, coincidimos en que lo compartido por cada uno había sido de alto impacto para otros. Como que nadie quería irse, nadie quería dar por terminado nada.
En mi caso, mi fe se intensificó y se me despertó una necesidad fuerte por querer saber más de Jesús, de la Biblia, de Dios, de todo lo relacionado con la Iglesia.
Entonces empecé a leer desde cero una Biblia de Jerusalén que trae muchas notas al pie. En una semana pude leer muy pocas hojas, porque las notas son tan ricas, tan detalladas, que la Biblia, que había leído antes, se siente completamente distinta: más rica, más grande, más clara.
Fue inevitable empezar a googlear mapas del Antiguo Testamento, versos, significados de palabras que descubro y que, para mí, son grandes novedades. Y así llegué a la idea de que debería llevar un diario de lo que aprendo de la Biblia y de este camino.

En esas estaba cuando recordé que hay cosas que vale la alegría compartir, no la pena.
Recordé que nuestras historias compartidas en el grupo de Confirmación eran asombro, consuelo o alegría en los otros que escuchaban. Un pasaje de la Biblia que de pronto nos habla de otra manera. Una historia de cómo llegamos a Jesús. Una pregunta cotidiana. Un video, una canción o una lectura nos hace ver la vida de otra forma solo cuando la compartimos. Lo que otro nos comparte inevitablemente nos acerca.

“¿Y si lo que descubro puede sumarle algo a otros también?”, pensé. “¿Y si los efectos colaterales de mi curiosidad y mi amor por las palabras están destinados para otros? Sea lo que sea, encargate vos”, concluí, pidiéndole ayuda.

Entonces, mi compañero de vida me recordó que hace muchos años escribí “Googleando a Dios” como el título de un libro de poemas que quedó en mi cajón. “¡Es un nombre genial para un blog!”, le dije, con esa certeza que claramente no era mía. Y así nació esta web.

Este blog es un diario íntimo donde quiero volcar mis anotaciones mientras estudio mi Biblia.
Este blog es un cuaderno donde aspiro a guardar lo importante para tenerlo presente, para recordar lo que importa cuando lo necesite.
Pero también creo que puede ser un espacio para compartir textos de otros que estén, como yo, aprendiendo de Jesús.
Una experiencia, una duda, una lectura o una pequeña alegría cotidiana, una inspiración, una canción, un video de YouTube: todo puede enseñarnos. Y, como dijo una vez nuestro catequista Ezequiel, “ir mar adentro” es muy buena idea cuando hablamos de Jesús.

¿Querés sumar tu voz?

No hace falta ser escritor. Si hay algo de tu camino que te gustaría compartir, podés escribirme desde la página de contacto o a [email protected]

Googleando a Dios es un diario íntimo, un cuaderno público y compartido, un espacio de curiosos, una puerta, es una invitación a seguir buscando, con la Biblia abierta.